jueves, 1 de diciembre de 2011
martes, 15 de noviembre de 2011
No espero más
viernes, 11 de noviembre de 2011
Es mi niña bonita
sábado, 29 de octubre de 2011
sábado, 22 de octubre de 2011
martes, 18 de octubre de 2011
Agua
martes, 23 de agosto de 2011
Cosa de hormonas
viernes, 19 de agosto de 2011
Ropa Tendida
Una señora se asoma por la ventana y espanta al gato que reposaba sobre ella.
Es casi mediodía y comienzan a caer los suaves rayos de sol sobre la ciudad de Valparaíso.
Es casi mediodía y los gatos se esconden, comienza la brisa de mar a correr cerro abajo, transitan cada vez más trolebuses por el centro de la ciudad, sus decenas de miradores se estrenan a los ojos de los nuevos turistas, los pintorescos ascensores inician su labor y los cafés del Cerro Concepción y Alegre empiezan a abrir sus puertas.
Una señora se asoma por la ventana y amarra un cordel desde la punta de ésta a otra.
Es casi mediodía, y junto con eso, el color de las casas cada vez se torna más vivo, más poderoso e intenso; aparecen una, dos, tres y cientos de casas de brillantes tonalidades. Nadie sabe como siguen de pie; pareciera que van a arrancar del suelo, pareciera que quieren dar un chapuzón en el mar. Pareciera que ya no quieren ser casas.
Una señora se asoma por la ventana, amarra un cordel desde la punta de ésta a otra, respira de manera profunda y comienza a depositar cuidadosamente sus prendas sobre él.
Es casi mediodía, y pareciera que hay ropa tendida en casa.
domingo, 14 de agosto de 2011
miércoles, 29 de junio de 2011
Something to talk about
domingo, 26 de junio de 2011
Tercer llamado
Normal
martes, 17 de mayo de 2011
¿Por qué los artistas usan boina?
domingo, 15 de mayo de 2011
Lo que fue
domingo, 8 de mayo de 2011
A
martes, 3 de mayo de 2011
T
domingo, 10 de abril de 2011
(cuando no tienes a nadie...)
lunes, 28 de marzo de 2011
Tengo ganas
sábado, 5 de marzo de 2011
sábado, 12 de febrero de 2011
Siento olor a café
Apareces en sueños, apareces en visiones, corres, vuelas, saltas... y siento ese olor a café que se ha quedado impregnado de algún recuerdo, de alguna idea, de alguna cifra, de algún momento.
domingo, 6 de febrero de 2011
Mazurca
(...) Y al día siguiente conocí a una chica que parecía conocer a muchos. Olivia Fitzmorris se alojaba en la planta inferior a la mía, era de Dallas y la envolvía un aura de riqueza y elevada posición social.
(...) Cuando terminó la canción, Olivia se presentó ante mí. Hablaba sin la más sombra de acento del sur profundo que tantas de nosotras teníamos, y supongo que por eso decidí al instante que pertenecía a la clase alta. Sus ojos, casi redondos, eran de color avellana; y tenía esa atractiva forma de mirar directamente a los ojos que invitaba a devolver una mirada igualmente penetrante. Me preguntó sin ambages si esa misma noche quería tomar parte en una cita a ciegas con unos chicos de una base aérea cercana. Era una broma, se apresuró a decir. Su primo de Dallas la había desafiado a que lo hiciera y habían hecho los preparativos. A lo mejor los aviadores eran divertidos: "Allá arriba en el aire, jóvenes pichones, arriba en el aire cabeza abajo", cantó. Yo nunca había oído a nadie reírse de las fuerzas aéreas. Olivia me invitó a su cuarto y me enseñó la canción. Había pagado un suplemento para no tener compañera de cuarto.
- Estudio inglés y piano a la vez -me explicó-, y necesito estar sola.
Había juntado las dos camas y las había cubierto con un edredón de plumas. Hablaba de los amigos que tenía en universidades vecinas, y sobre el tocador tenía la foto de su amor del instituto: "Te quiere, Philip".
- Un chico estupendo -comenté, y ella asintió.
Me fijé que tenía un tocadiscos y montañas de discos, así como varios volúmenes de poesía. Los dos armarios estaban atiborrados de ropa buena y tenía dos vestidos de noche.
Esa noche, con mi falda estampada acabada de planchar, una blusa Peter Pan y un cinturón ceñido, aunque llena de esperanzas, estaba asustada. Había procurado aplastarme con agua y horquillas el cabello rizado, pero sólo había conseguido que abultara más. La melena corta y oscura de Olivia se movía suave y brillante a pesar del calor, y el vestido que llevaba de lunares blancos y negros parecía susurrar con el viento, de modo que daba la impresión de frescor. Los chicos llegaron pronto, llevaban los pantalones caqui arrugados y amplias camisas de manga corta. (...) Olivia y el llanero bailaron varias veces al compás del éxito del momento. (...) Al cabo de un rato Olivia y yo compramos unos donuts -que probablemente llevaban años sobre el mostrador bajo una campana de plástico- y otras cuatro botellas de refresco Doctor Pepper. Cuando terminamos con todo, los cuatro regresamos andando al salón de Harlan Hall. Faltaba media hora para el toque de queda, pero los chicos nos dijeron adiós y se fueron. (...) Prendada de Olivia, de sus discos y de las citas que conseguía para mí los fines de semana, empecé a pasar todo el tiempo libre en su cuarto. Iba allí a todas horas, abandonando a Penny y su manicura, sus retoques, sus programas de radio y el asedio de Vicksburg. (...) Para entonces yo desempeñaba el papel de hermana de Olivia. Ella tenía citas prácticamente todos los fines de semana, llamadas telefónicas, mensajes clavados con chinchetas en el tablero de noticias, invitaciones, y razones respetables y legítimas para que constaran en el libro de salidas de la supervisora.
Resultó que el Philip de la foto se había ido a Princeton, pero otro pretendiente suyo de secundaria era alumno de un colegio militar que no estaba lejos, y si bien a veces él me conseguía acompañante, ninguno de ellos me pidió nunca volver a salir otra vez.
Una triste tarde de sábado en la que muchas chicas de primero iban a ir a un baile en un instituto cercano, ayudé a Olivia a ponerse un corsé-sujetador llamado "viuda alegre", un despiadado artilugio provisto de hileras de bastones de hueso o de plástico al cual ella sujetó el escote de su vestido de fiesta azul. Después de despedirme de ella y de varias chicas vestidas de tul en colores pastel, con el corpiño ajustado al talle, me fui sola al comedor, comí pollo frito y una pera en conserva cubierta de gelatina de lima, y después pasé la noche leyendo a Keats. Olivia acababa de darme un el tomo de Keats y Shelley de la Biblioteca Moderna, un mamotreto con la letra pequeña, un auténtico volumen para estudiantes ávidos. (...)
A los pocos días, en una lluviosa tarde de sábado salí con Olivia, su chico y el compañero de cuarto de este último (...). Fuimos los cuatro a un partido de fútbol americano en el Cotton Bowl de Dallas, después dimos unas vueltas, bebimos cerveza y comimos perritos calientes toda la noche. De vez en cuando aparcábamos para besarnos y acariciarnos, con la radio en marcha. Tan poco familiarizada estaba con el alcohol y con aquellas efusiones, que me mareé. El chico, el coche y el mundo se tambalearon y estuvieron a punto de ponerme cabeza abajo. Estaba segura de que de un momento a otro iba a salir por la ventanilla, así que me aferré al brazo de mi acompañante y del asiento del coche y entonces vomité. Y ya camino de casa, él derramó una lata entera de cerveza sobre mi falda y mis zapatos.
Las noches de sábado, la señorita Ochs se instalaba en la puerta de los dormitorios a saludar a las internas que regresaban. Yo despedía un olor agrio. Tenía los zapatos empapados de cerveza y la falda mojada. Incluso Olivia pensó que estábamos perdidas.
- ¡Maldita sea! -exclamó, cogiéndome del codo-. Camina tiesa y sonríe.
Pero aunque volvió la nariz hacia nosotras cuando pasamos a toda prisa por su lado en dirección a la escalera, la señorita Ochs no detectó el espantoso olor a rancio ni oyó el manifiesto chapoteo de mis pies en los zapatos. Mi acompañante no me invitó a salir nunca más. La verdad es que no me importó. Sus besos habían sido agarrotados, rígidos, sin carácter. 9hubiera consistido en un ridículo partido de fútbol, un montón de cervezas y un chico que no sabía besar. No era lo que yo buscaba. ¿Y qué era lo que yo buscaba?
Con el paso de las semanas las citas de Olivia con jóvenes de la zona parecieron disminuir, o en todo caso ella empezó a salir menos, y un sábado por la noche fuimos a ver una película. (...)
Olivia y yo estábamos anonadadas de puro gozo, en éxtasis como dos chiquillas que se enamora de una nueva estrella de cine. Al mismo tiempo estábamos convencidas de que nadie podría haber entendido Las zapatillas rojas tan bien como nosotras. "Sería inútil hablar de esto con otras personas -nos decíamos-. Nadie sería capaz de verlo como nosotras." Si hubiésemos tenido diez años menos habríamos jugado a representar Las zapatillas rojas o habríamos dibujado muñecas bailarinas. "Únicamente nosotras sabemos."
Fue así, y a través de otras experiencias, como Olivia y yo tomamos posesión la una de la otra. Fue así como entramos, paso a paso, en el ámbito de lo prohibido. Nos hicimos inseparables: juntas desayunábamos, almorzábamos y cenábamos en el mismo lugar de la mesa del comedor, hacíamos juntas los deberes de Historia en la biblioteca, nos las ingeniábamos para pasar el día juntas hasta las ocho, la hora en que las del primer curso teníamos que confinarnos en Harlan Hall, vírgenes en la torre de un castillo.
Claro que al atardecer empezaba la mejor parte del día. Teníamos a nuestros poetas. Además de Keats, leíamos a Shelley, a Byron, a Coleridge, a Yeats. (...) A nosotras nos gustaban más los poetas malditos, los suicidas, aquellos de cuyos laureles colgaba el escándalo. (...) Nosotras no consumíamos ninguna droga, pero nos parecía bien "beber la leche del paraíso", como decía Coleridge.
Con el tocadiscos y los vinilos, Olivia empezó a enseñarme un poco de música. Tenía un oído insuperable, era capaz de ir cantando las notas mientras seguía la partitura más compleja, descubría las modulaciones de una clave a otra, conocía un centenar de términos técnicos, distinguía un pianista de otro sólo con oírlos, y se daba cuenta de cuándo una soprano desafinaba aunque sólo fuera ligeramente. (...) Aquellas veladas musicales eran más gratificantes que permanecer de pie bajo la llovizna en un partido de fútbol con algún tipo, más nutritivas que unos perritos calientes en la Asociación de Estudiantes y que ver a los futuros pilotos bailando con la música de la máquina de discos.
Enseguida nos pusimos de acuerdo en que yo iría cada día la habitación de Olivia después de la cena para leer poemas o acabar alguna tarea pendiente, y luego poner música. Yo volvía un momento a mi cuarto para el control de las diez, y después, cuando se apagaban las luces, bajaba con sigilo las escaleras y, pegada a la pared, me deslizaba por el pasillo hasta su habitación. Ella me esperaba a oscuras, con la lucecilla del tocadiscos encendida y la aguja preparada.
Olivia lo sabía casi todo sobre Chopin: de hecho, podía tocar de memoria todos sus preludios. (...) Ella lo veneraba por su música y lo adoraba por su muerte temprana.
- Estoy segura de haberle conocido en otra vida -decía-. Está enterrado en un famoso cementerio de París que se llama Père Lachaise y creo que yo también. ¿Sabes lo que quiero decir? Que la persona que yo era cuando le conocí... No sé quién sería. Probablemente una de esas horribles niñitas ricas a las que tenía que dar clases. Ojalá no haya sido demasiado insoportable. Ojalá mi padre le pagase bien. Quiero que un día vayamos juntas. Caminaremos entre las tumbas, y me ayudarás a descubrir quién soy. Tengo que estar por allí, en una de las tumbas. Lo sabremos cuando veamos el nombre. (...)
En la pared, sobre su escritorio, hicimos una galería de nuestros amados muertos. Yo puse un retrato de Chopin junto a una reproducción del de Keats en su lecho de muerte, que había recortado de una revista, al lado de una foto de un molde de yeso de las manos del pianista. (...)
Olivia tenía una grabación de mazurcas, pequeñas obras maestras que parecían un compendio de todo cuanto yo conocía sobre la emoción humana, un verdadero mapa del amor, la anatomía del corazón romántico. Me encantaba especialmente una -la Opus 17, n. º 4- y la escuchamos miles de veces.
- ¿Oyes esa cuarta descendente? -preguntó ella, y yo asentí con la cabeza aunque apenas tenía idea a qué se refería-. Esa eres tú, es tu nombre, esta mazurca es la música que se le podría poner a tu ser más íntimo. Es tu mazurca, evocadora e inquietante. ¿Oyes al final esa conmovedora y breve nota inconclusa? Así es como eres tú. Siempre en busca de algo. Aunque apenas sepas de qué.
Me cogió la mano y por primera vez se inclinó hacia mí y me besó en la boca. Yo, turbada, me eché hacia atrás.
- No he podido evitarlo -dijo ella-. Espero no haber ido demasiado lejos. No quiero asustarte, pero sí quiero que sepas lo que siento por ti.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Yo no sabía que decir. Estaba realmente asustada.
Otra noche, después de escuchar el concierto para piano de Prokofiev y de llorar de nuevo por William Kapell, fui como de costumbre al sótano y volví con dos botellas de Coca-Cola.
- No te escandalices, querida -dijo entonces, y de debajo de la cama sacó un maletín de viaje idéntico al mío y lo abrió. En él no guardaba Olivia ninguna loción Jergens, sino vodka, que, según me explicó, no dejaba huella en el aliento. Después de verter una parte de cada Coca-Cola en el lavabo, las acabó de llenar con vodka, tapó la abertura con el pulgar y como una experta mezcló los líquidos sin que la espuma se derramase.
- Bébela despacio. Todavía no sabes beber. Tienes que beber en pequeños sorbos. Si no, te vas a poner a vomitar. Creo que de eso sí que sabes. Dios mío, buena me la hiciste pasar la otra noche.
Aproximadamente una hora y un par de botellas de Coca-Cola más tarde, puso en el fonógrafo el Bolero de Ravel, y a medida que la música avanzaba me fue enseñando a marcar el complejo ritmo con las manos en el suelo de madera. Dos Coca-Colas adulteradas después, riendo a carcajadas, subimos el volumen, salimos al pasillo tambaleándonos y en camisón nos pusimos a bailar el bolero siguiendo el ritmo en las paredes y en las puertas cerradas de las que comenzaron a asomar cabezas con el pelo erizado llenas de horquillas y de rulos; poco a poco se formó un corro de espectadoras que bajaban del tercer piso o subían del primero. Algunas chicas se sumaron al baile, brincando con sus batas afelpadas; otras contemplaban con asombro nuestros saltos y golpes.
Se presentó la señorita Ochs, que llevaba todavía su eterno vestido negro, y, como era de prever, estaba horrorizada. Pero creyó que se trataba sólo de un acceso de vitalidad, y que nos habíamos desmadrado, y nos mandó a nuestros respectivos cuartos sin haber descubierto que las sumas sacerdotisas del rito estaban borrachas. Cuando estaba metiéndome en la cama, todavía tambaleante y mareada, Penny dijo:
- Estás bebida, ¿eh? ¿Qué guarda en su cuarto? ¿Smirnoff? ¿Por qué no me invitasteis a la fiesta? Os estáis volviendo bastante egoístas las dos, últimamente. De lo más tacañas con el licor, ¿no? Os creéis muy listas con lo de Beethoven y todo eso, pero yo no lo trago.
Poco después de aquello, Olivia y yo empezamos a hacer el amor. No podría describir lo que hicimos ni el deleite físico implícito que derivaba de ello (dos cuerpos y dos mentes jóvenes, dos mujeres inexpertas en una época en que apenas podían nombrar las partes sexuales femeninas). Estábamos convencidas de que habíamos inventado algo, y supongo que esto era lo que más placer nos proporcionaba. Más como niñas que como amantes adultas, utilizábamos un lenguaje extravagantemente poético mientras lo hacíamos y también después. (...) Yo intuía un peligro e intentaba imaginar cuál podía ser el castigo. Si el castigo por adulterio era la muerte por lapidación, ¿cuál sería por esto? No podía haber castigo, me decía, porque se trataba de una pasión inventada por mí, única y privada. Sabía poco de la homosexualidad. Sabía que a Gertrude Stein la habían expulsado de las bibliotecas respetables por lo que había hecho, pero creía que los homosexuales eran varones, en su mayoría. Una mujer a la que le apeteciera amar a otra seguramente debía querer ser hombre. Debía de ser, de algún modo, un hombre fallido. Ni Olivia ni yo deseábamos ser un hombre, ni parecerlo en ningún sentido, excepto en la ambición. En realidad, ella resultaba desconcertante por su heterosexualidad, verdaderamente notoria, y se encontraba en su elemento cuando se ponía un vestido de fiesta y salía a lucir el palmito con un pretendiente. Hasta el mismo momento de apagar la luz y desnudarnos estaba haciendo planes sobre los distintos bailes a los que pensaba ir allá en su tierra durante las vacaciones de Navidad. Reservaba su virginidad para quien fuera su marido. Y hasta entonces siempre había dicho que pensaba tenerlo.
Yo me decía a mí misma que Olivia y yo nos tocábamos de una forma asexual, del modo en que mi madre tocaba a mi tía. ¿Qué había de malo en esto?, le preguntaba a ella. ¿Se pondría furiosa la rectora si supiera? Nosotras íbamos del brazo por el campus, pero ¿no lo hacían también otras muchas chicas? Sí, caminar de esa forma se consideraba femenino, dulce, era como un signo de camadería. Ir de la mano hubiera parecido raro, pero no indecente. Incluso en la facultad de mujeres iban del brazo. No obstante, nosotras dejamos de hacerlo por temor. Y lo de decir que hacer el amor era simplemente una extensión lógica de ir de la mano, de los abrazos y de los besos, era una falsedad, y yo lo sabía. Un amor absorbente como ése no podía ser legítimo. Al margen de mis reflexiones filosóficas, tenía el presentimiento de que ni la rectora ni la señorita Ochs se habrían mostrado comprensivas si lo hubieran descubierto.
La primera vez que Olivia pronunció la palabra "lesbiana" me estremecí como si estuviera ante un escalpelo. Fingí no saber a lo que se refería, y ella me lo explicó y me leyó en voz alta unos fragmentos sáficos. Pero a decir verdad, no me serenó en absoluto enterarme de que el amor entre mujeres tenía tan extenso pedigrí y que incluso había una serie de versos que lo dignificaban. (...)
Olivia empezó a señalar parejas de mujeres amantes en nuestro entorno. El amor que no osaba decir su nombre tenía que mantener los labios cerrados, al menos entre semana, pero los sábados por la noche cantaba a pleno pulmón. Las chicas altas y musculosas, las estudiantes de educación física con el pelo muy corto, las practicantes de esgrimas y de hockey, las del equipo de natación que paseaban del brazo por los senderos del campus, también celebraban fiestas de fin de semana en casa de la presidenta de la Facultad de Educación Física, quien, según Olivia, era a su vez lesbiana. Pero era un club privado, sólo para las estudiantes de educación física y sus invitadas, y por desgracia nuestra Facultad de Filología Inglesa no aprobaba esos desmanes ni contaba con algo comparable. Así como había una forma de emborracharse o de practicar el sexo con un hombre -actividades tajantemente prohibidas- sin ser descubierta ni castigada, también la había de ser lesbiana. Pero había que aprenderla. No se podía serlo sin más y andar por ahí como si tal cosa.
Las estudiantes de inglés tenían sus tés y sus sociedades literarias por la tarde. En nuestra clase no se mencionaban las apetencias bisexuales de Byron y Shelley, ni las variadas actividades de Oscar Wilde. Leímos "La balada de la cárcel de Reading" sin preguntar nunca -y sin que nos dijeran-, para empezar, por qué el poeta había estado en la cárcel. Entre tantas jóvenes que se preparaban para ejercer una profesión o para abandonar los estudios y casarse el próximo junio, las estudiantes de inglés éramos una minoría desviada, y probablemente no podríamos haber soportado el peso de ninguna otra desviación. En aquel lugar, en aquella épica, ser homosexual y tener además aficiones literarias y artísticas, cultivar el intelecto, estar en la lista de la rectora y ser mujer constituía un compuesto químico demasiado volátil e inestable, algo inimaginable. Si aquello era el amor, yo estaba empezando a pensar en vivir sin él.
Pero seguí adelante, atropelladamente, imbuida de un byroniano desdén hacia lo que nuestras condiscípulas habían empezado a decir de nosotras. Olivia y yo estábamos inmersas en nuestra música, como encerradas en nuestro coto vedado, y cautivadas por el sueño compartido de caminar por entre las tumbas de Chopin y Sand, Keats y Shelley. ¿Qué importaba lo que Penny Elliot y un número cada vez mayor de fisgonas andaban diciendo? Nosotras confiábamos en la estupidez de las cuidadoras y las vigilantes que nos rodeaban, y en todo caso nuestra aspiración era hacer algo tan impactante que determinase forzosamente nuestro exilio. Yo me imaginaba que estábamos expatriadas en Greenwich Village, o mejor aún, en Montmartre o en Montparnasse. El Monte de los Márires, el Monte Parnaso. En realidad pensaba que nuestro lugar estaba en París.
Peor aunque nuestra relación fuera un amour de tête producto de la rebeldía y de los venerables clichés de la devoción por el arte y el rechazo a la ignorancia que todavía perfumaban la atmósfera universitaria en los años cincuenta, una parte de lo que sentíamos era pura pasión. Una emoción tan profunda e incontrolable como otras que haya podido experimentar en la vida. En la que lo mental prevalecía sobre lo físico. La cuestión física no contaba comparada con lo demás. Olivia solía decir que a ella no le gustaban las mujeres, que no era capaz de encontrarlas atractivas como grupo, sino que me amaba a mí. Yo decía cosas parecidas, y llegué a afirmar que nosotras habíamos inventado una nueva expresión del amor. Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, Julian y Vicky; sólo que nosotras éramos mujeres y, en consecuencia, más "prohibidas" que ellos. Olivia estaba encantada con nuestra creación, que realzaba su capacidad superior para simultanear el inglés y la música, y su condición de chica de Dallas dispuesta a cualquier cosa y de sofisticada entre patanes.
Es curioso que toda mi formación previa, incluida la escuela dominical, alimentara aquel romance. Puesto que nos amábamos, era hora de comprometernos. Para siempre. Educada en la religión baptista, yo me tomaba muy en serio lo del "compromiso". (...)
Así pues, calculé con el máximo cuidado el coste de lo que estábamos haciendo. La rectora y la señorita Ochs nos acabarían descubriendo y nos expulsarían. Me convertiría en una marginada, en una fuente de angustia para mis padres. Me echarían de mi hogar y de mi iglesia. Nunca tendría hijos. Jamás podría hacer el amor con un hombre, ni quitarme los rulos a las siete para preparar la cena en la olla a presión, ni sacar su pantalón caqui de la secadora y plancharlos. Nunca les leería cuentos a mis hijos cuando tuvieran sarampión, como había hecho conmigo mi madre. Puede que el amor normal y corriente no fuera más que cocinar, limpiar y ser constante, como parecía creer mi madre; pero como ese amor escapaba a mi comprensión, y yo lo concebía como una relación imperecedera, a veces lloraba por lo que estaba haciendo. Por fin alguien me amaba, pero a cambio iba de jaqueca en jaqueca, no probaba bocado y perdía peso a ojos vista.
A principios de diciembre, Olivia y yo nos juramos que pasaríamos la vida juntas. Hicimos diversos planes. Ir a Greenwich Village, donde nos sería fácil encontrar un apartamento bastante grande donde cupiera un piano para ella y un estudio en el que yo pudiera escribir. París vendría después, cuando una de las dos se hubiera hecho famosa (yo suponía, sin decirlo, que sería yo). "Eres responsable de lo que has domesticado", le dije, citando la máxima de Saint-Exupéry según la cual has de amar para siempre a las criaturas que has "domesticado". Mi corazón recobró la paz. Había dado mi palabra y la cumpliría. Aquello era exactamente lo que había estado buscando toda mi vida: un abismo. Si la rectora me degradaba despojándome de todos mis galones delante de todo el regimiento de alumnas, pues muy bien. Si Olivia y yo teníamos que cometer un día un doble suicidio, vale. Si venían a por nosotras con cadenas y cuchillos, con la rueda y el potro adelante. Estaba preparada, dispuesta a morir. A tirarme por el balcón o a arrojarme a las ruedas de una locomotora. Habíamos hecho nuestro pacto, habíamos bebido nuestra pócima.
En todo caso, yo había bebido mi parte entera de un trago.
A medida que pasaba el invierno, nuestro deslumbrante futuro en París y Nueva York se fue desvaneciendo y haciéndose borroso. Yo me levantaba cada mañana en la frialdad de mi cuarto; en lugar de charlar conmigo sobre lo injusto que era que tuviéramos clase a las ocho de la mañana, (...). Después de vestirme, yo me apresuraba a reunirme con Olivia en la mesa del comedor. Ella y yo jamás discutíamos, ni nos cansábamos de estar juntas, ni de nuestra poesía ni de nuestra música, pero el exultante sentimiento de superioridad nos iba abandonando. Las amigas a las que en nuestro orgulloso delirio habíamos desdeñado ahora nos desdeñaban a nosotras.
En enero, una alumna de primero y otra de último curso, ambas estudiantes de inglés como Olivia y yo, contravinieron las normas. Ellas también se reunían al atardecer en la biblioteca. También se mantenían al margen del resto. Como a las veteranas se las admitía en el comedor de las novatas, y en cambio las novatas no podían ir al de las veteranas, la chica mayor venía siempre al nuestro. Todas las chicas las dejaban solas y alardeaban de no sentarse en la mesa junto a ellas. (...)
- (...) Nosotras las "desviadas" tenemos que mantenernos unidas.
- No nos llames así. No somos "desviadas" (...)
Una semana después, como las volutas en el aire nocturno, desaparecieron. (...) Oí decir que la compañera de cuarto de la chica era la que había sorprendido a las amantes in fraganti en aquella misma habitación. Volvía temprano y sin haber avisado de un fin de semana fuera del campus. Conmocionada al ver a dos mujeres bajo la colcha, había salido corriendo a gritos por el pasillo. Se murmuraba que la enfermera había tenido que darle un sedante para tranquilizarla. Seguro que a las culpables no les dieron ninguno.
Como ladrones que contemplan a un ahorcado, Olivia y yo decidimos ser más cautas, volver al mundo de la normalidad, a la charla entre chicas y la camadería de los dormitorios. Pusimos frenos a nuestra apasionada conversación sobre música y poesía. Asistimos a los tés semanales de la Facultad de Filología. Yo ingresé a la sociedad literaria y Olivia se ofreció para tocar en la orquesta de la universidad. Nuestras profesoras, cuando menos, seguían siendo amables con nosotras. Una o dos veces Olivia consiguió que nos invitasen y salimos con dos chicos. Lo hicimos ostentosamente, haciendo que ellos aguardasen un rato en el salón y asegurándonos luego de que la señorita Ochs nos viera firmar a la salida. Sin duda, pensábamos, habíamos apaciguado a las autoridades. Un día de abril Olivia y yo estábamos tumbadas sobre una manta en el solitario bosque situado detrás de la hilera de dormitorios de las estudiantes de primero y segundo curso. Habíamos llevado una cesta con la merienda y una pila de libros. Pensábamos pasar la tarde leyendo y comer allí. Nos saltaríamos la cena. Nos quedaríamos fuera hasta que se hiciera de noche. Nuestros esfuerzos de rehabilitación no habían dado ningún fruto: vivíamos como parias. Si en el comedor nos sentábamos a una mesa con otras chicas, ellas descubrían un motivo para levantarse e irse. (...) Tanto Olivia como yo teníamos nuestro discurso preparado: éramos unas amigas cariñosas, estábamos siendo calumniadas, éramos unas intelectuales, acosadas por las ignorantes, no sabíamos de que se nos podía acusar. Estábamos indignadas y dolidas. Sabía, mientras lo ensayaba, que todo aquello era una farsa. (...)
¿Iba yo a estar siempre como hoy, mirando nerviosamente por encima del hombro por si de la puerta trasera del Harlan Hall emergía una encarnación de lo decente? Me di media vuelta sobre la colcha. Ni aun en los peores días de mi obsesión por Joey Cash había sufrido de aquel modo. ¡Oh, si al menos existiese de verdad una poción amorosa como la que bebió Isolda! Porque entonces nadie podría culparnos. Una de las máximas de sobremesa de mi padre era que tú te haces la cama y tienes que dormir en ella. Y yo ciertamente lo había hecho. Estaba durmiendo mal, tenía a cada rato fuertes jaquecas, ya no creía en mi propia propaganda sobre la belleza del amor prohibido. Amaba de verdad a Olivia. Pero a menudo el terror anegaba nuestros momentos de gozo, de esperanza.
Los castigos que traería consigo el amor ilícito amenazaban con abrumarme. (...)
- ¿Por qué lloras? -Olivia estaba enfadada.
- ¡Dios!, ¿por qué no? ¿Por qué no estás llorando tú también? Estoy segura de que Penny nos ha denunciado. ¿No sabes lo que va a ocurrir? Llamarán a mis padres, y a los tuyos. Nos expulsarán de aquí. ¿Qué vamos a hacer? Yo no sé de dónde vamos a sacar el dinero para irnos a Nueva York. ¿Y tú?
- Oh, mujer de poca fe. De algún modo lo conseguiremos. No me importa que nos expulsen de este apestoso lugar. No lo necesito. En este lugar no hay nada que merezca nuestra fidelidad. Deja de amilanarte. Eres una llorona. (...)
Hice un esfuerzo para que me reconfortaran el silbato del tren, la áspera tibieza de la primavera, el canto de los pájaros, todos los símbolos y señales de una vida ordinaria de la cual estaba excluida a perpetuidad. Pensar en las galletas y los sándwiches que había en la cesta me ponía enferma. La vena de la sien izquierda se me empezó a hinchar y comenzó a palpitar con violencia; se me había olvidado tomar una aspirina. ¡Mi madre se iba a morir si se lo contaban! Mi padre no volvería a hablarme nunca. Dejé a un lado el libro y empecé otra vez a sollozar; y aunque habíamos jurado no tocarnos nunca en público, me arrojé a los brazos de Olivia.
- Esto no acabará nunca. Es como ser comunista o judío en Alemania. No hay lugar donde ir. Y apuesto a que será lo mismo en Greenwich Village. Y probablemente en París. ¿Por qué todo el mundo odia tanto esta clase de amor?
Nunca supe de dónde salió ni cuánto me oyó decir, ni cómo consiguió recorrer el trayecto desde la residencia sin hacer el menor ruido. (...) Pero siempre me acordaré de cuando, todavía en brazos de Olivia, miré aquellos ojos marrones como pulidos ópalos brillantes. Ella se encontraba de pie justo detrás de nosotras. Yo salí de un brinco de los brazos de Olivia; nos levantamos y nos apartamos. No deberíamos haberlo hecho. Después de todo, no va contra la ley que una chica de la universidad llore en brazos de otra sobre la hierba de abril. Pero en realidad, daba igual.
- Recójanlo todo y síganme a mi despacho -dijo la señorita Ochs, al tiempo que ella cogía la cesta de la merienda y se ponía bajo el brazo mi amado y húmedo Keats-Shelley.
Quería hablarnos de asuntos sumamente graves; ella era la única culpable de haber permitido que las cosas siguieran adelante, cuando debería haber actuado hacía semanas. Cuando acabase con nosotras tendríamos que ir al despacho de la rectora para tratar cuestiones muy serias.
- Las estará esperando cuando yo haya terminado. Y no ponga esa cara usted, señorita. Usted sabe a qué me refiero. Haga el favor de evitarme toda justificación impertinente. Esta noche llamaremos a sus padres. En este lugar las chicas como ustedes están de más.
Así pues, como muchas otras parejas de amantes ilícitos de allí y de todas partes, de entonces y del pasado, fuimos desenmascaradas, puestas en evidencia. Se nos haría comprender el precio del pecado. Como era cristiana y amante de la ópera, no me sorprendí. Los procedimientos llevaron varias semanas de deliberaciones. Intentamos negar mis visitas nocturnas al cuarto de Olivia pero fue inútil. Penny Elliot había consignado con mucha precisión en una libretita todas mis idas y venidas. Incluso había escuchado detrás de la puerta de Olivia. No les faltaba sino haber puesto un micrófono. (...) En cierta ocasión la pena y el miedo me pusieron tan histérica que también a mí tuvieron que llevarme a la enfermería y sedarme. Pero evitamos que nos expulsaran (...). No se nos podría ver juntas nunca más. Yo no entraría jamás en el cuarto de Olivia. Nunca nos sentaríamos en la misma mesa en el comedor o en la biblioteca. Y sí, nuestros padres serían informados. (...)
Pasaba la mayor parte del tiempo en mi cuarto, sola. Si veía a Olivia en el vestíbulo o en el camino del campus, tenía cuidado de no cruzar la mirada con la suya, aunque después solían darme accesos de llanto. Empezamos a escribirnos cartas -dos o tres al día- que deslizábamos bajo nuestras respectivas puertas a altas horas de la noche o franqueábamos en la oficina postal del pueblo. Por si la jefa de correos de nuestra facultad formaba parte del servicio secreto de la rectora, como era probable, escribíamos los sobres a máquinas y poníamos falsos remites. Ahora los padres de Olivia venían a recogerla casi todos los fines de semana y volvía los lunes por la mañana en autobús.
A mis padres la noticia de mis vergonzosas inclinaciones les horrorizó mucho menos de lo que yo había esperado. Me creyeron, o decidieron creerme cuando me declaré inocente y conté entre sollozos mi historia sobre injustas acusaciones y un trato bárbaro y medieval. (...)
Yo continué negándolo todo. "Ah -pensé, ante su comprensiva reacción-, de aquí a Manhattan no hay más que un salto. Mis padres me compadecen. Me dejarán ir. Encontraremos el modo de que Olivia venga conmigo. Conseguiré un empleo, trabajaré para mantenernos a las dos mientras siga estudiando."
Pero los padres de Olivia montaron en cólera y adoptaron la postura que yo era la pervertida seductora. Dijeron que Olivia debía volver a casa ese verano, (...). Pero cuando se olieron lo del plan de Nueva York, amenazaron con alertar mis padres y reclamar a la rectora que me expulsara de inmediato. A finales del año lectivo, desesperada, les escribí.
"Estimados señor y señora Fitzmorris:
Conozco los sentimientos de repulsión y hostilidad que sienten ustedes hacia mí, y ustedes saben que no les profeso ningún cariño. Pero ustedes, por su parte, tienen mucho que decir. No les pido que me aprueben, me ayuden o me acepten. Sólo les pido que lean lo que tengo que decirles.
Amo intensamente a Olivia, y ella a mí. Sé que les disgusta oír esto. Pueden llamarnos locas o insensatas, pero no como retorcidas. Nuestra relación es pura y hermosa. No me avergüenzo de ella. Sabemos mejor de lo que ustedes piensan a qué nos enfrentamos. Ya hemos sufrido horriblemente. Estamos dispuestas a sufrir todavía más.
Sé que están decididos a hablar con mis padres. Espero que no lo hagan. Ellos no creen lo que dice la rectora, lo que demuestra la fe que tienen en mí.
Llegará un día en que no habrá nada que puedan ustedes hacer para mantenernos separadas a Olivia y a mí. No pueden impedir que nos amemos, aunque nos separen hasta que seamos viejas.
Necesitamos su comprensión. Tenemos planes para nuestra vida en común, y les suplico que los atiendan"
Nunca me contestaron, pero al menos no tomaron ninguna medida contra mí. (...) La noche anterior al día de nuestra partida, Olivia y yo -quebrando la regla de silencio que nos había impuesto la rectora- nos reunimos en el bosque de Harlan Hall, donde nos habían sorprendido hace tan poco tiempo. La encontré entre los árboles, en la penumbra. Parecía alterada, y cuando hice un amago de cogerle la mano, se apartó de mí.
- Tengo que decirte una cosa muy triste. Esto te va a matar, pero no sé qué otra cosa puedo hacer. No estoy hecha para esta vida -dijo, o algo por el estilo-. Todo esto ha sido un error. Un sueño. No puedo seguir luchando con mis padres. Les odio, y les odiaré siempre. (...)
- ¿Y qué hay de Nueva York? -empecé diciendo, incapaz de asimilar lo que acababa de oír-. De nuestro apartamento, de nuestros empleos... Tú habías pensado en Juilliard... Dijiste que ibas a escribirles...
(...) Lo que sí recuerdo es su recomendación de que no volviera nunca a escribirle. Me señaló que la carta que yo les había enviado a sus padres era incriminatoria, y que si yo intentaba ponerme en contacto con ella, sus padres le enviarían una copia a los míos. O a mi jefe, cuando trabajara. O a cualquier parte donde pudiera hacerme daño.
- Son personas insensatas y vengativas -dijo Olivia-. Sé que se te atragantan sólo de pensar en ellos. Pero comprende que son mis padres y que tengo que depender de ellos. En cierto sentido son más insensatos que tú, con tu discurso sobre las verdades absolutas. De todos modos, yo no pienso abandonar los estudios para ir a pasar hambre en una buhardilla. (...)
Andenes
Jorge Teillier
