Pedaleando rápidamente bajo las hojas de otoño que caían suavemente a su paso, iba en su bicicleta por la Alameda, Eva, rumbo a la floristería.
Nunca llegaba tarde a su trabajo, ya que su jefe era muy exigente en cuanto a puntualidad se trata. Peo por desgracia, ese día había sufrido una serie de eventos inoportunos, que esperaba que él comprendiera.
- Llegas tarde - le dijo él, como si ese fuera su saludo más cordial.
- Disculpe Señor, pero la rueda de la bicicleta se pinchó y no tenía cómo...
- Por eso yo siempre tomo el bus. Es mucho más rápido y requiere mucho menos esfuerzo físico.
Eva odiaba tomar el bus. Lo consideraba un medio tan contaminador, que siempre que se veía obligada a tomarlo, suspiraba largamente en el paradero.
Se había quedado inmóvil pensando, pero enseguida el jefe la sacó de sus pensamientos.
- Comienza a trabajar.
Escuchó eso, y luego lo vio alejarse a la oficina.
Era un tipo cincuentón, medio calvo y siempre andaba con el ceño fruncido. Su cara reflejaba un carácter fuerte y desagradable, y su gordo y pequeño cuerpo hacía alusión a su apodo: "El Pitufo Gruñón". Nadie lo apreciaba, ni quería comprar flores cuando él estuviese cerca. Mucho menos se detenían para saludar a Eva, que la tomaban por soñadora y loca al ofrecer una sonrisa o saludo a todo aquel que se cruzaba en su camino.
- Buen día señor; buen día señora. ¿No es una linda mañana?... ¿Por qué estás triste pequeña?, ¿no sabes que cada día es tan maravilloso cómo para desperdiciarlo en penas?... Tome una flor, señorita. Así, su cara se verá mucho más radiante... ¡Vaya!, si no la quiere, no debería tirarla de esa forma...- se la pasaba diciendo alegremente, sin que ningún desprecio nublara su día.
Y así estuvo por un par de horas, hasta que logró acaparar la atención de un joven de no más de unos veinte años. Tenía cabello castaño y una gran sonrisa en el rostro.
Él ya la conocía. La había visto muchas veces regando las grises calles de la ciudad con sus dulces y ligeras palabras. Y había visto también toda la indiferencia de la gente que pasaba apresuradamente a su lado, como si sólo les hablara el viento.
- Buen día, joven. ¿Desea una flor como ésta? - dijo Eva.
- ¿Es tu amigo este hombre? - irrumpió el jefe.
No supo que contestar. Le tomó por sorpresa la pregunta. ¿Era o no su amigo? Toda la gente era su amiga: los viejos, los jóvenes, los chicos y los animales. No sabía...
- Sí, es mi amiga; ella es hasta del ser más pequeño, y a todos puede colmar de felicidad si le prestan sólo un poco de atención. - dijo el muchacho.
- Allá ustedes y sus tonterías - dijo el otro, mientras se devolvía por donde había salido.
- ¿Vamos a dar un paseo?... - dijo él.
Comenzaron a caminar en silencio. Ella viendo las nubes que se aproximaban y él, mirándola de reojo como tratando de adivinar qué pensaba.
Se detuvieron en seco frente a una heladería. Él entró sin decirle nada y, en un instante, salió con dos barquillos con helado de chocolate chorreándole las manos.
- El helado de chocolate siempre me ayuda a mantener una buena conversación - dijo mientras le acercaba el barquillo.
Ella sólo le sonrió.
Entonces se dispusieron a charlar sobre los temas más banales que alguien pudiése mencionar, pero en ellos podía verse la chispa de amigos que se comprenden sólo con la mirada.
Rieron por horas sin parar, y la gente se volteaba para lanzar su miraba de disgusto, porque quizá, estaban celosos de nunca poder disfrutar tanto un momento como ellos.
Luego, cada uno relató al otro su historia de vida. Él, en modo de historieta, lograba que ella soltara largas carcajadas, que acababan con algunas lágrimas que resbalaban por sus pálidas mejillas, mientras que ella contaba su vida como si fuera un documental, actuando seriamente, pero luego no aguantaba más y los dos comenzaban a llorar por toda la risa que contenían.
Y caminaron por tan largo rato, que cuando ella sugirió sentarse, ya estaba anocheciendo. Pero ninguno se percató, o mejor dicho, a ninguno le interesó regresar.
- Tome, esta es la flor que le ofrecí en la mañana. Acéptela como un recuerdo de este día, y por la amistad que estamos sembrando... ¡Qué bonito se siente tener un amigo! Por fin alguien me va a devolver el saludo en la calle... ¿Sabe? yo todos los días le puedo regalar una flor diferente. Así como la amistad, que todo el tiempo va cambiando...
Y siguieron conversando y riendo, hasta que sin darse cuenta, el sueño los atrapó en aquella plaza, obligándolos a dormir sin saber nada hasta el otro día.
Eva despertó por los ladridos de un perro. Pero él no estaba, ni tampoco se observaba cerca.
Se levantó confundida; sin saber si todo había sido un sueño o realmente había ocurrido.
En el suelo se encontraba un papel amarillento, en el que se habían depositado unas pocas palabras un tanto difíciles de leer.
Luego de analizarlas un rato, Eva por fin pudo leer:
"Todos volvemos al trabajo y a la vieja rutina (aún sabiendo que nuestra vida se esfuma. Ya no puedes enseñarme nada; no puedo aprender ya nada de ti"
Comenzó a correr muy rápido. Tenía un nudo en la garganta, pero las lágrimas no fluían.
Apretaba con fuerza el papel, mientras trataba de volar en la carrera.
Su cara, más pálida que nunca, sólo reflejaba la inseguridad que sentía, y su cuerpo se mantenía en movimiento de forma innata, como si su vida dependiera de ello.
Por fin llegó a la floristería, y todo se encontraba exactamente como lo había dejado, pero todas las bellas flores yacían marchitas; todos los pétalos en el suelo, sin sus vistosos colores, mimetizándose con los tristes colores del Santiago de ese entonces.
Quizá ese día no iría a trabajar, ni tampoco saludaría a nadie, no habría un "Buenos días señor, buenos días señora", ni ofrecería flores como quien ofrece indiferencia a los demás. Es más, tal vez ese día tampoco sonreiría a nadie. Y todos extrañarían a quien despreciar.
Tomo su bicicleta y fue directo a la heladería. Allí pidió un barquillo con helado de chocolate, que se chorreaba por sus manos heladas y huesudas. Se sentó en la plaza del frente y probó el primer bocado, mientras veía como las hojas de los árboles ya no caían. Entonces comenzó a llorar.