Y me desmorono. Me caigo con el viento y nadie me recoge. O si hay alguien no lo siento, porque estoy muy ocupada calculando tu próximo movimiento.
Y ganaste. Conseguiste la máxima atención posible, aunque nadie quería dártela... porque entre consejo y consejo me quedo en la teoría y olvido la práctica. Soy como los animales: aprendo del error; "experiencia" le llaman algunos. Y no me basta con saber que con el fuego no se juega, sino que busco tocarlo... y me quemo.
Me quema tu indiferencia cargada de toda la mala energía del universo. Cargada de deseos que no vienen, estrellas fugaces que no pasan; está cargada de tu amargura, esa que se traspasa. Deja como su pestilencia por donde pasa... pero sólo yo la siento. Sólo yo logro sentirte aún.
Nadie más te quiere, y yo no quiero demasiado.
Me mantengo alerta, a la señal de tu vuelta, a la señal de un perdón, socorro o lo que sea. Pero no. Tú te despiertas con un orgullo que nadie puede borrarte de tu cara, nadie puede quitarte la corona de las manos. Y yo me quedo aquí, como pequeña plebeya anhelando lo mucho que quiere el esclavo: LIBERTAD (la del alma, por supuesto. Nadie requiere algo material)
Devuélveme el pensamiento, y yo recobro la lógica un momento.
Así no me quedo con el nudo en la garganta (y te vas cantando)

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