domingo, 18 de octubre de 2009

XXIII

- Buenos días - saludó el principito.
- Buenos días - contestó el comerciante.
Se trataba de un mercader que vendía píldoras para apagar la sed. Tomando una por semana, no se sentía necesidad de beber.
- ¿Por qué vendes esto? - preguntó el principito.
- Significa un gran ahorro de tiempo - contestó el comerciante-. Los expertos calcularon que se puede economizar cincuenta y tres minutos por semana.
- ¿Y qué se puede hacer con esos cincuenta y tres minutos?
- Lo que uno quiera.
"Si yo tuviera cincuenta y tres minutos de sobra, los gastaría caminando lentamente hacia una fuente...", pensó el principito.

XX

Después de mucho andar a través de arenas, rocas y nieves, el principito encontró finalmente un camino. Y todos los caminos conducen hacia donde viven los hombres.
- Buenos días - saludó.
Era un jardín lleno de rosales en flor.
- Buenos días - contestaron las rosas.
El principito se quedó mirándolas: todas se parecían a su flor.
- ¿Cómo se llaman ustedes? - les preguntó desconcertado.
- Somos rosas - dijeron ellas.
- Ah... - murmuró el principito.
Y se sintió muy triste. Su flor le había dicho que ella era la única de su especie en todo el universo, ¡Y aquí había cinco mil, todas iguales, en un solo jardín!
"Ella se sentiría muy avergonzada si viera esto - se dijo -. Se pondría a toser con insistencia y fingiría morir para no hacer el ridículo. Y yo tendría que aparentar cuidarla, porque si no, se dejaría morir realmente para humillarme de algún modo."
Y continuó pensando: "Yo me sentía feliz al tener una flor única y resulta que es sólo una rosa vulgar. Con ella y mis tres volcanes que me llegan a las rodillas, y de los cuales uno tal vez está extinguido para siempre, no soy en verdad un gran príncipe."
Y echado en el pasto, lloró y lloró mucho rato.

XII

En el planeta siguiente vivía un bebedor. Aunque esta visita fue muy corta, sumió al principito en una gran tristeza.
- ¿Qué haces? - le preguntó al borracho, que se hallaba instalado delante de una colección de botellas vacías y llenas, en gran silencio.
- Bebo - le contestó el borracho con aire lúgubre.
- ¿Por qué bebes?
- Para olvidar - contestó el bebedor.
- ¿Olvidar qué? - inquirió el principito, compadeciéndolo ya.
- Para olvidar que tengo vergüenza - confesó el borracho, bajando la cabeza.
- ¿Vergüenza de qué? - quiso saber el principito, deseando ayudarlo.
- ¡Vergüenza de beber! - concluyó el borracho encerrándose en un silencio definitivo.
El principito se alejó, perplejo.
"las personas adultas son, realmente, muy extrañas", se dijo durante su viaje.

sábado, 10 de octubre de 2009

El loco que dice buen día

Íbamos de la mano, por la calle asoleada, y en el mismo vientito en que venía el olor de las flores del florista de la esquina, vino la voz del hombre: "Buenos días... buenos días... ¡pero qué linda mañana!... señora, ¿por qué tiene esa cara tan triste? ¿No ve que hoy es primavera?... No me diga atrevido, señora... me gusta la gente..., yo quiero a la gente..., y si no hablo con la gente... me siento muy solo... ¿o usted no se siente sola, señorita apurada?... Buen día, señor; tome una margarita para la solapa del saco... ¡Vaya una manera de decir que no! Es primavera y hay que llevar una flor en la solapa. Si no ¿para qué sirve que sea primavera?"
Y así, con su voz alegre, lo fue acercando hasta nosotras dos, mamá y nena con una media caída y la otra no.
Yo ya lo conocía. Lo había visto muchas veces hablando solo, con los ojos azules y límpidos fijos en una distancia color amanecer. Lo había visto derramando su "buen día, señora; buen día, señor; buen día, señorita", como si fuera con una regadera de palabras humedeciendo el tiempo.
Y había visto también el enojo, la sonrisa burlona o la simple indiferencia de la gente que pasaba a su lado. Algunos insultándolo, otros haciéndole burla, los más sin mirarlo siquiera, como si no existiera.
Verónica se detuvo frente al hombre.
- Buenos días, señora...
- ¿Es tu amigo, mamá?
No supe qué contestar. Me tomó de sorpresa la pregunta. ¿Era mi amigo? ¿No era mi amigo? No sabía...
- Sí, nena linda - balbuceó él mientras quitaba una flor de los ramos del florista y se la alcanzaba con una mano huesuda y pálida -. Tu mamá es mi amiga... Toda la gente es amiga mía... Los viejos, los jóvenes, los chicos... los perros, los gatos, los canarios... Porque yo fui el que entró a la pajarería y le abrió las puertas a las jaulas de los pajaritos... ¡Hubieras visto cómo se puso el cielo se puse el cielo ese día, de todos colores, igual a un jardín! ¿Cómo te llamas?
- Verónica... y quiero ser tu amiga. En la plaza yo me hago amiga de todos los chicos... En cambio, las personas grandes son diferentes. ¿No mamá?
- A veces...
A veces... o casi siempre, por desgracia. La gente lo llama "el loco que dice buen día". Pero es el único ser que vi con una flor en el ojal en primavera. Y que en vez de llevar un pañuelo en el bolsillo del saco, lleva una paloma blanca que picotea al aire leve. Y en vez de tener los ojos empañados de envidia, de tristeza, de rencor..., los tiene abiertos y hondos, se puede ver en ellos lo que siente, como se ven los peces a través del agua de los riachos del sur.
Las personas grandes para ser amigas tienen que responder un complicado cuestionario, lleno de signos y de números. No pueden decirle "buen día" a la gente que se cruza con ellas por la calle porque la gente se sorprendería... y las llamaría locas, como al hombre de los ojos de niño que te dio esa caléndula y le va cantando al sol y a la ternura, estremecido por la alegría del trompo y calesita que da vueltas en el mundo de los niños.
Cuando el hombre se alejó, tú me preguntaste:
- ¿Por qué le dicen loco, mamá?
- Porque... porque no lo comprenden.
- A mí me parece más loco aquel señor que va con sombrero y traje negro en un día tan lindo.
- A mí también Verónica.
Tienes razón. Claro que tienes razón. ¿Cómo va a ser un loco un hombre que regala flores y saluda por las calles, cómo va a ser loco un hombre que ama a los viejos, a los jóvenes, a los niños, a los perros, a los gatos, suelta los pájaros de las jaulas y sonríe porque el sol es redondo y amarillo?
Locos... somos los otros: los que miramos con angustia los relojes, los que no estrechamos las manos de quienes no nos muestran su documento de identidad y no tienen bien lustrados los zapatos, los que ponemos un vidrio de distancia entre nosotros y los demás... con la excusa de protegernos. Bah, por temor a darnos, a amar, a que nos llamen locos.